De un imperio de la carne a “El Bombón de Artesa”: la extraordinaria segunda vida empresarial de un hombre que a los 70 años decidió volver a empezar

A los 83 años, Josep Pijuan sigue entrando cada día en sus fincas de Artesa de Segre. Observa las plantas, habla con sus trabajadores, mueve recursos, comprueba el riego, vigila las temperaturas y estudia cómo mejorar un cultivo que nació de una pregunta aparentemente sencilla: ¿sería posible producir un tomate extraordinario? La respuesta tiene nombre propio: El Bombón de Artesa.

Hay personas que pasan por la vida construyendo una empresa. Y hay otras que, cuando podrían permitirse descansar, deciden empezar de nuevo. Josep —"Pepe"— Pijuan pertenece a esta segunda categoría.

Durante cuatro décadas levantó, junto a su familia, un importante negocio ganadero y cárnico en las tierras de Lleida. Aprendió desde niño el oficio de comprar y vender ganado, conoció el matadero, las carnicerías y los mercados, y terminó llevando la empresa familiar mucho más lejos de donde había llegado su padre.

Pero cuando cumplió 70 años tuvo una de esas conversaciones silenciosas que cambian una vida. Miró todo lo que había construido y pensó:
Yo estaré aquí siempre. Pero si yo falto, ¿cómo se gestionará todo esto?”

La pregunta no era económica. Era generacional. Y de aquella reflexión nació una segunda historia. Mucho más improbable.

La historia de un hombre que no quería ser agricultor y que terminó obsesionado con producir uno de los tomates más singulares que pueden encontrarse hoy en una mesa. Un tomate que sus clientes han bautizado con un nombre tan sencillo como evocador:
El Bombón de Artesa.

 El hijo que  fue mas lejos que su padre
La historia empresarial de Pepe comienza mucho antes de las tomateras.  Su padre recorría los pueblos de la provincia de Lleida comprando ganado, fundamentalmente cabras y ovejas, y después vendiéndolo en pequeñas partidas a carnicerías y mercados.

Era un trabajo duro, itinerante, madrugador. Dentro de aquella actividad existía además una especialización muy ligada a la tradición ganadera catalana: el crestó, el macho cabrío castrado joven que, después de varios años, se destinaba a carne.

En diferentes pueblos de la Noguera todavía pervive la tradición gastronómica vinculada al crestó y son conocidas las comidas populares en las que esta carne ocupa un lugar protagonista.

Pepe creció dentro de aquel mundo.  A los doce años ya sabía lo que significaba madrugar. Su padre lo llevaba al matadero a las siete de la mañana. No porque necesitara que aquel niño hiciera grandes tareas. Lo llevaba para que aprendiera. Pepe recuerda aquella época con una mezcla de ironía y afecto:
“Salí buen hijo, por la gracia de Dios, porque lo que más recuerdo de mi padre es  lo que me hacía trabajar.”

Aquella escuela no tenía libros. Tenía madrugones. Tenía animales. Tenía esfuerzo. Y tenía una idea que Pepe acabaría haciendo suya, aunque muchos años después la transformaría completamente:
el trabajo tiene que servir para construir algo.

El negocio familiar fue creciendo. Y Pepe fue creciendo con él. Con el tiempo, aquella actividad ganadera acabaría dando lugar a una estructura empresarial que todavía mantiene dos carnicerías en Lleida, otra en Artesa de Segre y un escorxador con sede en la localidad.

Pero hay algo especialmente interesante en la trayectoria de Pepe. No se limitó a continuar lo que había hecho su padre. Lo amplió. Lo profesionalizó. Lo hizo crecer. Fue más lejos. La primera gran obra de su vida estaba construida. Y, sin embargo, Pepe nunca sintió que aquella fuera exactamente su vocación.

El muchacho que no quería  ser carnicero ni agricultor
La contradicción forma parte de su personalidad. A Pepe no le apasionaba la carnicería. Y tampoco le gustaba especialmente el campo.
Su vocación truncada estaba más cerca de la ingeniería o la arquitectura, aunque la vida terminó llevándolo por otro camino.

La agricultura, de hecho, tuvo con él un comienzo poco prometedor. A los 17 años estaba trabajando en la huerta. Cavó unos cuantos surcos. Y llegó un momento en que dejó la azada. Se encaró con su padre. Y le dijo que no volvía. Y no volvió. Durante décadas.

Hasta que aparecieron los tomates. Pero hay una precisión importante. Pepe nunca fue un hombre que huyera del trabajo. Simplemente tenía otra concepción de él. Su lema, tanto para sí mismo como para los trabajadores que le acompañan, podría resumirse así:
“Máximo trabajo con el mínimo esfuerzo.”

No es una frase para trabajar menos. Es una filosofía para trabajar mejor. Eliminar movimientos inútiles. Reducir esfuerzos. Buscar soluciones. Inventar herramientas. Aprovechar los recursos. Y conseguir que el resultado sea superior.

Paradójicamente, aquella forma de pensar que desarrolló en el negocio de la carne acabaría convirtiéndose muchos años después en una de las claves de su aventura agrícola.

A los 70 años llegó la pregunta
La primera vida de Pepe estaba hecha. Pero cumplir 70 años le hizo mirar hacia adelante. Había construido un negocio. Había trabajado durante décadas. Había dejado una estructura empresarial. Pero había una cuestión que no dejaba de rondarle:
¿Qué ocurrirá cuando yo no esté?  Entonces llamó a su hija Marta. Y le habló con claridad.

“Yo ya he hecho todo lo que tenía que hacer. Tú tienes que seguir el negocio. Yo te enseñaré y estaré aquí para lo que haga falta, pero el negocio tienes que llevarlo tú.”

Y así lo hizo. Fue una decisión tomada poco antes de la pandemia de 2020. Pepe comenzó a apartarse progresivamente de la gestión directa del negocio de la carne.

Pero ocurrió algo que quizá solo podía ocurrirle a alguien como él. Al dejar espacio a la siguiente generación, encontró espacio para una nueva obsesión.

Miró unas fincas que tenía en las inmediaciones de Artesa de Segre. Y volvió a mirar al campo. Esta vez no para cavar surcos. Esta vez para preguntarse algo completamente distinto:
¿Podría hacer aquí un tomate fuera de lo normal?

La respuesta fue inmediata. Sí. Pero no quería un tomate más. Quería hacer uno de los mejores tomates del mundo.

Empezar de cero para hacer algo excepcional
Pepe comenzó entonces una investigación casi artesanal.
Se desplazó. Preguntó. Observó. Buscó información.

Desde Barbastro hasta El Prat y otros lugares vinculados a la producción agrícola, fue recopilando conocimientos. No buscaba copiar una explotación. Quería construir la suya. Detalle a detalle. Los emparrados. Los puntales. Las redes. La protección frente al sol. El riego. El abonado. La recogida. La distribución. Todo.

El resultado fue una especie de factoría agrícola “made in Pepe”. Pero una factoría muy particular. Porque todo está concebido como un enorme mecano. Los elementos pueden montarse, desmontarse, modificarse y trasladarse dentro de la finca.

No hay nada gratuito. Cada pieza responde a una pregunta. Cada estructura intenta resolver un problema. Cada solución persigue el mismo objetivo:
que la planta produzca el mejor tomate posible.

Una sombra que se mueve con el sol
Quizá uno de los ejemplos más sorprendentes de su manera de trabajar está sobre las propias tomateras.

Pepe estudió cómo reducir el exceso de temperatura durante los meses más duros del verano. La solución fue crear un sistema de protección mediante redes. Primero instaló una cobertura superior que filtra aproximadamente un 5% de la radiación solar.

Después incorporó otras bandas de protección, colocadas transversalmente y a intervalos regulares, con una capacidad de sombreo considerablemente mayor. La razón de esos espacios no es estética. Tiene que ver con el movimiento del sol.

Pepe explica que la radiación incide sobre la estructura con diferentes ángulos a lo largo del día y que la disposición alterna de las bandas permite que las plantas reciban sucesivamente más o menos radiación.

El objetivo es evitar los extremos. Ni exceso de sol. Ni falta de luz.
El punto justo.

Y basta situarse allí en pleno agosto para entender que no se trata de una cuestión teórica. La diferencia térmica puede apreciarse incluso con desplazamientos de apenas unos metros. El visitante pasa de una zona a otra y nota cómo cambia la temperatura. Pepe no necesita una pizarra. Señala las plantas. Y explica.

El abono: la receta que viene del ganado
La segunda gran conexión entre las dos vidas de Pepe está debajo de nuestros pies. El hombre que durante décadas estuvo rodeado de ganado utiliza ahora parte de ese conocimiento para alimentar sus tomates.

Su abono orgánico parte de una combinación cuidadosamente estudiada de estiércoles de ternera, cordero, cerdo, conejo y pollo.
No se trata de echarlo todo junto. Pepe ha ido buscando las proporciones que considera más adecuadas.

Cuando encuentra la combinación, la mezcla. Y para hacerlo utiliza incluso una hormigonera.
Los diferentes componentes se convierten así en una especie de receta propia que después se distribuye alrededor de las tomateras. Es difícil encontrar una imagen que resuma mejor su trayectoria.
El negocio de la carne alimentando la segunda gran obra de su vida.

Lo que empezó en los establos y el matadero termina, muchos años después, convertido en alimento para una planta. La economía circular no es aquí un concepto de laboratorio. Es una historia familiar.

Agua del Pirineo para un tomate de Artesa
Con el agua sucede algo parecido. Pepe combina el riego por goteo con una cobertura de paja que protege el suelo alrededor de las raíces.

La paja ayuda a conservar la humedad y permite administrar el agua con mayor eficiencia. La finca, además, cuenta con una ventaja extraordinaria: una acequia propia que conduce agua procedente del sistema fluvial del Segre, alimentado por las aguas pirenaicas.

Agua fresca. Agua limpia. Agua disponible. Pero incluso aquí Pepe busca el equilibrio.  No quiere inundar las plantas. No quiere que pasen sed. Quiere que reciban exactamente lo que necesitan. Porque su obsesión no es hacer crecer una planta enorme. Es conseguir que la planta produzca un tomate extraordinario.

No trata la planta por sistema
Hay otra diferencia importante en su manera de trabajar. Pepe explica que no realiza tratamientos fitosanitarios simplemente por prevención.

Actúa cuando considera que la planta realmente lo necesita. Es una filosofía de intervención mínima que busca reducir tratamientos innecesarios y mantener el cultivo bajo observación constante.

Primero mirar. Después decidir. Y solo entonces actuar. Otra vez aparece la misma filosofía que ha acompañado toda su vida:
máximo resultado con el mínimo esfuerzo y la mínima intervención necesaria.

Y  entonces, aparece el tomate
Todo lo anterior sería interesante. Pero no justificaría una historia como esta si al final el resultado no estuviera a la altura. Y aquí llega el protagonista. El tomate de Pepe.
El Bombón de Artesa.

Un tomate que sorprende primero por su tamaño. Algunos ejemplares alcanzan alrededor de medio kilo.
Pero el tamaño es solamente la puerta de entrada. Lo verdaderamente extraordinario ocurre cuando se corta. El aroma aparece. La textura. La jugosidad. Y, sobre todo, el sabor a tomate.

Ese sabor que muchas personas recuerdan de su infancia y que, para algunos consumidores, parecía haber desaparecido de los tomates comerciales.

Quien lo prueba entiende rápidamente por qué ha conseguido llamar la atención de gourmets, establecimientos especializados y profesionales de la gastronomía. No hace falta explicar demasiado. Se prueba. Y entonces llega el veredicto.
Matrícula de honor.

El tomate que sabe a tomate
Hay una expresión que probablemente resume mejor que ninguna otra la propuesta de Pepe: “el tomate de toda la vida”.
Pero con una diferencia. Está llevado al extremo de la selección, del cuidado y del conocimiento.

El resultado es un tomate artesanal, producido con métodos tradicionales y abonos orgánicos, cuyo tamaño medio ronda los 500 gramos.

Y existe una contrapartida. La planta produce bastante menos que determinadas explotaciones intensivas basadas en variedades híbridas seleccionadas para obtener mayores rendimientos.

Pepe lo sabe. Pero no parece preocuparle. Porque él no está compitiendo por toneladas. Está compitiendo por calidad. En un mundo agrícola en el que muchas veces se mide el éxito por kilos producidos, Pepe ha decidido utilizar otra unidad de medida:
el placer que produce cada tomate cuando llega a la mesa.

Pepe no ha inventado un tomate.  Ha rescatado una memoria
Hay algo casi emocional en el Bombón de Artesa. Quienes tienen cierta edad reconocen inmediatamente algo que creían perdido.

El olor. La pulpa. El sabor. La sensación de cortar un tomate y que aquello vuelva a saber realmente a tomate. Es como si la fruta devolviera al paladar una memoria.

Y quizá ahí esté una parte del éxito. Porque Pepe no ha querido fabricar un producto sofisticado. Ha querido recuperar algo sencillo.
Un tomate extraordinariamente bueno.

A los 83 años, todavía reparte tomates
Pepe tiene ahora 83 años. Y sigue yendo cada día a la finca. No contempla su creación desde un despacho. Está allí. Entre las plantas. Con sus trabajadores. Moviendo recursos. Observando. Preguntando. Corrigiendo.

Y si hace falta, coge la furgoneta y lleva personalmente un pedido a un establecimiento de Barcelona. La imagen es magnífica.

Un empresario que durante cuarenta años construyó un negocio de carne y que ahora, ya en la octava década de su vida, conduce una furgoneta cargada de tomates hacia Barcelona.
No parece querer jubilarse. Parece querer terminar una obra.

Cuarenta años  para la carne. Seis para el tomate
Hay una comparación que Pepe puede hacer con orgullo. La carne necesitó alrededor de cuatro décadas para darle un nombre empresarial.

El tomate ha necesitado apenas unos seis años para alcanzar una notoriedad que él mismo probablemente no esperaba. Es otra demostración de su capacidad para construir desde cero. Pero esta vez hay algo diferente. En la carne construyó una empresa. Con el tomate ha construido una identidad. Artesa de Segre ya no es solamente el lugar donde se produce. Forma parte del nombre.
El Bombón de Artesa.
Un producto vinculado a una tierra, a una persona y a una manera de hacer las cosas.

Ahora le queda una última  empresa, encontrar quien continua su obra
Pepe ya ha hecho el relevo de la primera parte de su vida. Su hija Marta ha asumido el negocio de la carne. Pero queda una pregunta pendiente.

¿Quién continuará con los tomates? Marta ya tiene bastante responsabilidad con el negocio familiar. Por eso Pepe vuelve a mirar hacia la siguiente generación. Y ahí aparece una historia que parece escrita para cerrar el círculo. La novia de su nieto es bióloga. Pepe ya está pensando en llevarla a la finca. Quiere que vea las plantas. Que conozca el sistema. Que descubra cómo funciona todo. Y, en el fondo, comprobar si consigue enamorarla de las tomateras. Porque quizá ese sea el último gran deseo de este hombre:
que alguien se enamore de lo que él ha construido.

Para una persona que termina sus estudios y descubre que puede recibir como herencia un huerto diseñado prácticamente a medida de su especialidad, la oportunidad sería extraordinaria. Y para Pepe sería un premio. No económico. Mucho más importante.
Saber que su obra continuará.

De la carne al tomate: dos negocios, una misma  filosofía
Las dos historias de Pepe Pijuan parecen distintas. Una empieza entre ganado, mataderos, carnicerías y mercados. La otra, entre tomateras, redes, agua, abono orgánico y sol. Pero en realidad son la misma historia. La de un hombre que aprendió de su padre a trabajar. Que después decidió trabajar a su manera. Que fue más lejos de lo que había llegado la generación anterior. Que convirtió una actividad familiar en un negocio sólido. Y que, cuando pudo haberse retirado, decidió preguntarse qué podía hacer todavía. La respuesta fue un tomate. Pero no un tomate cualquiera.
Su tomate.

El sueño del mejor tomate del mundo
Hoy, El Bombón de Artesa comienza a entrar en establecimientos donde se buscan productos singulares.
Los grandes cocineros y los gourmets empiezan a descubrirlo. Su presentación se cuida hasta convertir cada entrega casi en un producto de colección. Y existe una vocación de expansión que apunta también hacia mercados internacionales. La aspiración es enorme.
Ser considerado uno de los mejores tomates del mundo.

Puede parecer una ambición desmesurada. Pero si algo ha demostrado Pepe Pijuan es que las grandes empresas también pueden comenzar con una pregunta aparentemente imposible.

Primero fue su padre recorriendo los pueblos de Lleida con ganado. Después fue Pepe construyendo un imperio cárnico. Y cuando aquel capítulo parecía terminado, a los 70 años volvió a empezar.

Cogió unas fincas. Estudió. Preguntó. Experimentó. Diseñó. Construyó. Plantó. Esperó. Y seis años después, en Artesa de Segre, creció algo más que un tomate.
Creció una segunda obra.

El último  gran invento de Pepe
Quizá la palabra “inventor” sea, en realidad, la que mejor define a Pepe. No porque haya registrado una patente para su tomate. Sino porque ha aplicado durante toda su vida la actitud del inventor:
ver un problema y buscar una solución.

¿Hay demasiado calor? Diseña una protección.
¿Hay que regar mejor?  Combina goteo y cobertura vegetal.
¿El trabajo de recoger los tomates es incómodo? Construye un triciclo.
¿Hay que alimentar la tierra? Formula su propio abono.
¿Hay que hacer el relevo empresarial? Forma a su hija.
¿Hay que garantizar el futuro del tomate? Busca ya a la siguiente generación.
A los 83 años, Pepe sigue haciendo exactamente lo mismo que hizo durante toda su vida.
Construir.

Solo que ahora ya no construye un negocio de carne. Construye algo mucho más delicado. Una pequeña obra maestra agrícola. Un tomate que pretende devolver al consumidor el sabor que recuerda. Un tomate nacido en Artesa de Segre que empieza a viajar mucho más lejos. Un tomate que pesa medio kilo, pero cuya historia pesa mucho más.
El Bombón de Artesa.

El último gran proyecto de un hombre que nunca supo conformarse con llegar hasta donde habían llegado los demás. Y que ahora, quizá por última vez, se ha marcado un objetivo a la altura de toda su vida:
hacer el mejor tomate del mundo.

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